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Biomedicina i salut

HeLa: la historia de unas células inmortales

La vida inmortal de las células HeLa

“Eran los mejores tiempos; eran los peores tiempos”.

Charles Dickens. Historia de dos ciudades.

Henrietta Lacks

Ésta es la historia de unas células inmortales. O de lo que muchas veces es lo mismo: de una línea celular. Y si muchas historias contienen en realidad varias, ésta contiene al menos tres líneas que se suceden y que se entrelazan: las células, las personas, el debate.

 

1.- Las células.

Que podían mantenerse células vivas fuera del cuerpo era algo que se sabía ya desde el siglo XIX, cuando el inglés Ringer fue capaz de mantener latiendo corazones de animales en una solución salina que acabaría llevando su nombre. Desde entonces se sucedieron numerosos intentos para conseguir desarrollar y mantener una línea celular, especialmente en humanos. Una línea celular es básicamente una población de células que provienen de un pequeño cultivo original. Cuando se logra que puedan dividirse indefinidamente se dice que esa línea está establecida. Las ventajas que esto suponía en caso de conseguirse eran muchísimas: permitiría someter a las células a los más variados experimentos sin que ninguna persona se viese expuesta. Así, no sólo se conocería mucho más sobre los mecanismos celulares, sino que podrían ensayarse multitud de terapias para distintas enfermedades sin el más mínimo riesgo. Pero la labor era muy complicada. A saber:

-          Apenas se sabía nada sobre el medio que debía usarse para cultivar las células. Los ensayos eran puramente empíricos, añadiendo o quitando componentes y valorando sus resultados. Pero sobre todo estaba lo que se conocía y conoce con el nombre de:

Cromosomas y telómeros (en rojo)

-          Límite de Hayflick: Leonard Hayflick fue el científico que mostró que las células normales sólo pueden dividirse un número determinado de veces, y que este número ronda las 50 divisiones. En un principio esta hipótesis fue rechazada, y los investigadores seguían pensando que el problema de sus cultivos estaba en el medio que usaban. Pero en realidad lo que pasaba muchas veces era que esas células, simplemente, estaban programadas para no vivir más. La explicación de este límite no llegó hasta los años 90, cuando se estudíó el enzima telomerasa. En breve: en cada división celular los cromosomas pierden un poco de ADN por los extremos, porque al final no tienen el molde suficiente para duplicarse. Para protegerse de esta pérdida, cada cromosoma tiene en su parte final una especie de “capuchón protector”. Éste no es más que una secuencia de ADN que no tiene información,  que se va perdiendo con cada división y que evita que se pierdan las zonas que sí son verdaderamente informativas. Estos capuchones reciben el nombre de telómeros (ajá), y cuando se pierden definitivamente, la célula se programa para morir mediante un mecanismo llamado apoptosis (o suicidio celular) que es de gran importancia, ya que protege a la célula de la acumulación de errores que se producen cuando se dividen demasiadas veces.

Pero entonces alguien podría preguntarse: ¿y las células cancerígenas, no se dividen sin cesar?. Pues sí, y en parte lo hacen gracias al enzima telomerasa. La función de ésta es recomponer la parte perdida de ADN en cada división, de forma que siempre se vuelve al estado original. Por eso ahora la telomerasa sirve como marcador tumoral en algunos tipos de cáncer. Por eso la primera línea celular provino de un tumor. Por eso la periodista científica Rebeca Skloot ha escrito un libro sobre ello, titulado “La vida inmortal de Henrietta Lacks” y por eso ahora esta historia se entrelaza con sus gentes.

 

2.- Las personas

George Gey, responsable del primer cultivo de Hela

En 1951 Henrietta Lacks era una mujer negra de 31 años que vivía en Baltimore (USA) y que apenas había sufrido problemas de salud. Hasta que ese mismo año comenzó a notar lo que ella calificó como “un nudo en la barriga”. Ese nudo la llevó al famoso hospital Johns Hopkins, también en Baltimore, donde sería diagnosticada de carcinoma de cuello de útero. A pesar de recibir el tratamiento usual en aquella época, basado fundamentalmente en radioterapia, el tumor original no dejó de crecer, y acabo por metastatizar casi todo su cuerpo hasta acabar con su vida. En aquel entonces, en el Johns Hopkins trabajaba George Gey, un científico que de aquellas estaba obsesionado, como tantos otros, con el cultivo de células humanas. Gey acostumbraba a recabar muestras de los pacientes del hospital, y Henrietta no fue ni mucho menos una excepción. Lo excepcional fueron los resultados que sus células mostraron. Tan sólo unos días después de poner una pequeña muestra de las células tumorales de Henrietta en un tubo de cultivo, los ayudantes de laboratorio de Gey se asombraron al comprobar que las células no sólo no habían muerto, sino que habían ocupado todo el tubo y no dejaban de proliferar por más que se dividieran y dividieran. Aún no sabían por qué pero lo habían conseguido: habían establecido la primera línea celular, la línea HeLa, de Henrietta Lacks.

 

La vida inmortal de Henrietta Lacks, traducida al castellano

Esto es lo que cuenta Rebecca Skloot en su libro, un ambicioso ejemplo de periodismo de no ficción donde se mezclan las biografías con la historia que los hechos provocaron y con las investigaciones científicas que los motivaron. Una obra que fue durante semanas el libro más vendido en los Estados Unidos, que será llevada al cine (producida por Oprah Winfrey), de la que se ha realizado undocumental (que se puede ver completo aquí) y que desde hace poco se puede leer traducida al castellano. Y, sin embargo, el resultado es irregular: la potencia de la historia y su documentación eleva el relato, pero éste decae a la hora de acercarnos los paisajes, las gentes, los ambientes. Combina lo grande y lo pequeño y, paradójicamente se pierde en esto último porque está perfilado con pulso de bestseller, con aroma de técnica de tripas afuera. Uno se pregunta qué hubieran hecho con esta historia grandes de la no-ficción, grandes comoTalese o Capote, si es que a Capote o Talese no les hubiera importado rodearse de telómeros y de células en división. Sin embargo el resultado final no la convierte en una obra prescindible. Y no lo hace en gran parte por mucho de lo que contiene, como que:

-          Las células HeLa tenían tal poder de proliferación y se distribuyeron por tantos laboratorios en todo el mundo que se calcula que el número de células que se han cultivado desde los años 50 ocuparía un volumen equivalente a 100 Empire States Buildings (aunque sobre estas estimaciones, ya se sabe).

Células HeLa dividiéndose

-          La historia mezcla intermitente y a veces conjuntamente el choque de creencias y valores entre los científicos y los descendientes de Henrietta Lacks, una familia de afroamericanos de clase baja. Donde los científicos veían mitosis y hebras de ADN, muchos de sus familiares veían el alma inmortal de su antepasada alojada en cada una de sus células, luchando y trabajando por el descubrimiento de vacunas, de medicamentos, del bien común.

-          En un principio, y durante mucho tiempo, no se sabía por qué las células del útero de Henrietta tenían tal poder de división. Incluso hoy no se conocen al detalle todos sus mecanismos particulares. Lo que sí se sabe es que provenían de un carcinoma de cuello de útero desarrollado tras una infección por el virus del papiloma humano de tipo 18, una infección sexual seguramente transmitida por su marido (y primo), que no era precisamente un ejemplo de fidelidad. El virus es capaz de alterar la expresión de una proteína llamada p53, clave a la hora de regular los procesos de muerte celular. Además, las células HeLa tienen una elevada expresión del enzima telomerasa, por lo que son prácticamente inmunes al paso del tiempo.

-          Pero, además, las células Hela eran unas invasoras y colonizadoras pertinaces. A medida que las técnicas de cultivo se fueron perfeccionando, y cuando se pensaba que ya se habían obtenido distintas líneas celulares de diferentes tipos tumorales, resultó que la mayoría de esas líneas eran en realidad células HeLa, que “flotaban” por los laboratorios y acababan destruyendo y ocupando el espacio de las originales. Aunque en un principio no le creyeron, eso es lo que dijo Stanley Gartler en un importante congreso de 1966. A la postre, la contaminación se demostró, por lo que muchas de las investigaciones no eran válidas –cuando se ensayaban fármacos contra el cáncer de colon, por ejemplo, en realidad se estaban usando células de cáncer de útero- y supuso la pérdida de millones de dólares en investigación.

La familia Lacks en la actualidad, parientes de Henrietta

-          Aun así, las células HeLa fueron y siguen siendo valiosísimas en investigación. Gracias a ellas Salk pudo desarrollar su vacuna contra la polio, se desarrollaron las técnicas de fertilización in vitro o se avanzó en el conocimiento del VIH. Fueron sometidas a pruebas de radiación para investigar los efectos de las bombas nucleares e incluso enviadas en misiones de la NASA para estudiar los efectos de la ingravidez. Aún hoy, cuando ya se han desarrollado nuevas técnicas de inmortalización celular, como la transfección de oncogenes o los hibridomas con células tumorales de ratón, las células HeLa siguen presentes en la mayoría de los laboratorios de todo el mundo.

-          A pesar de todos estos logros, los medios no siempre fueron los más deseables. Los investigadores llegaron a trabajar inoculando células HeLa en el brazo de voluntarios que, sin embargo, no habían sido informados. Incluso el Johns Hopkins, un hospital creado en parte para atender a las minorías, parecía ser uno de los centros que albergaba lo que se dieron en llamar médicos nocturnosque secuestraban personas negras para sus investigaciones y que traficaban con exhumaciones de cadáveres. Aunque sí parece haber pruebas de barbaridades cometidas en los siglos XIX y XX, incluido el conocido experimento Tuskegee, el libro no deja más que en sospecha la existencia de estos médicos de noche. Lo que sí deja claro es que Henrietta Lacks jamás supo que tomaron parte de sus células para cultivarlas. Que su marido autorizó la autopsia, pero no la toma de necropsias. Que la familia de Henrietta es una familia pobre, con graves problemas de salud (en parte, y supuestamente, por la gran consanguinidad), que sólo puede costearse un seguro intermitentemente, que tardaron más de 20 años en saber que las células HeLa eran de su madre, tía, esposa o abuela Henrietta Lacks (incluso llegó a filtrarse un nombre falso, como fue el de Helen Lane), y que nunca han recibido un dólar por su contribución. Y aquí comienza el debate.

3.- El debate

Ahora, cuando se toma una muestra para usarse en investigación, el paciente (o voluntario), debe firmar un consentimiento informado, donde se le expone para qué va a usarse y los riesgos que puede suponer. Sin embargo, esto puede no ser necesario si la muestra es parte de un proceso terapéutico, como una cirugía. Y, en el caso de que fruto de esas investigaciones tenga lugar algún beneficio comercial, el paciente no suele tener derecho a participar de él.

Hospital Johns Hopkins, en Baltimore

Cuando Rebecca Skloot nos habla de la indignación de la familia Lacks intenta cimentarla en que sus parientes quieren que se reconozca la figura de Henrietta, pero en muchos pasajes se repiten las quejas sobre un sistema que permite enriquecerse a algunos científicos y empresas, mientras que la fuente originaria permanece en el anonimato, luchando por costearse un seguro de salud del que muchas veces carecen. Muchas de las primeras quejas fueron dirigidas al Johns Hopkins y a George Gey, cuando, curiosamente, éste nunca vendió las células, sino que las repartía gratuitamente a distintos laboratorios (Gey, de hecho, acabó muriendo de cáncer de páncreas, pero antes se sometió a una operación en la que pidió que se extrajeran múltiples biopsias con el fin de intentar establecer una línea celular, aunque luego esos intentos fracasaron). Lo que es cierto es que, posteriormente, numerosos investigadores y no pocas empresas se beneficiaron de sucomercialización, pero los juicios que han tenido lugar a este respecto (también con otro tipo de investigaciones), de momento han refrendado la posición de los laboratorios, ante el miedo de que un exceso de autonomía por parte de los pacientes pueda frenar la investigación biomédica. Es cierto que, con los años, los mecanismos se fueron perfeccionando, desde el código de Nuremberg hasta la declaración de Helsinki, pero posiblemente también quepan más opiniones. Más aún cuando el propio tiempo obliga a repensar las leyes. Así, ¿hasta qué punto son justificables, por ejemplo, las patentes de genes? Y si resultara que no fueran justificables, ¿qué diferencia habría con las células de Henrietta?

Lo dicho. Las historias se entremezclan. Luego, a saber cómo separarlas.

Artículo publicado en el blog 20000caligrafias y en Tercer Milenio, suplemento de ciencia de El Heraldo de Aragón

PD: Al hilo del debate planteado en el último punto, el blog Antroposcopio publicó un gran post titulado: (P)atentar contra la vida.

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  1. [...] años más tarde. La historia fue recogida en 2010 por la periodista Rebecca Skloot en el libro La vida inmortal de Henrietta Lacks. Desde los años cincuenta se han publicado más de 75.000 estudios con células HeLa y éstas han [...]

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